El día que odié a Youtube

marzo 16, 2013 at 1:39 pm (De la nada...)

Hoy voy a contar una historia. No se si califica como ”de terror” pero a mi me dio un poco de miedo. Ahí les va:

Yo soy socio de Geba desde hace 16 años. Como todos los diciembres, pagué mi cuota de pileta para ir con mis amigos, como todos los diciembres.

Cuando voy con mis amigos, me siento una vieja ¿vieron esas viejas que van a tomar sol y se sientan en el borde a mojarse los pies? Bueno así. Nos faltaría el burako, que lo estamos tramitando para el año que viene, porque este año parece que el invierno se apuró.

Bueno, como decía, me siento como una vieja, pero no solo porque nos sentamos en el borde a tomar sol, sino porque como tres boludos nos molesta que nos mojen. O sea, tres pibes de 17 años, sentados en una pileta como tres viejas de 60, sin burako, esperando que no los mojen, cual gato.

Cuestión, que como no nos gusta que nos mojen, cada pendejo que se nos cruza chapoteando con sus patas de rana de navidad, o sus pelotas recién compradas para la pileta, lo mandamos a la mierda, y hasta a veces, para divertirnos les sacamos las cosas, para pasar el rato. Se imaginarán que tomar sol de tres a cinco, que es más o menos la hora que baja el sol para poder jugar al tenis, no es muy entretenido.

Bueno, y un día como cualquier otro diciembre, había dos nenes tirándose una pelotita de punta a punta de la pileta. Claro que a veces caía al lado nuestro, y nos cagaba mojando. Gentilmente, porque antes de recurrir a robarles las pelotas y todo eso aplicamos la buena conducta, les pedimos si se podían correr unos metros, algo que jamás logramos. Como si fuera poco, los pendejitos empezaron a tirar la pelota al lado nuestro, solamente para molestarnos. Ahí nuestra gentileza se acabó, y empezó la guerra. 

La joda duró un rato, donde todos, incluidos los niños, nos divertíamos. Hasta que el chico que tenía unas terribles antiparras, dijo: ”me cansé. Los voy a matar”.

Y en ese preciso instante, yo me asusté. No tanto porque creyese que nos iba a matar, algo que sin dudas no ocurriría. No tanto porque la diversión de molestar a los pendex se acabase. Tampoco porque creyese que era nuestro pie para despedirnos, y así dejar inconclusas nuestras ideas de chamuyarnos a la minita que estaba al lado. El problema, el motivo por el que yo temí, fue cómo el chico, de unos escasos cinco años, nos quiso matar:

Cruzó sus dos manos. Las empezó a mover de arriba abajo, bien rápido. Y cual mago diciendo :”abracadabra” lo dijo. Y yo entendí que estaba todo perdido. Que ya no tenía sentido seguir con mis intenciones de un mundo lleno de gente con buen gusto, y de buen oído. Porque ese chico, que se podría decir que era recién nacido, nos mató con un ”opagam stail”.

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